Dime cómo viajas
Y te diré quién eres
Ya estoy de vuelta.
El viaje a Japón, aparte de experiencias tatuadas de por vida, me ha traído reflexiones acerca del viaje como expresión de nuestra manera de vivir.
Desde que lo leí hace unos años, he tratado de reflejar la perspectiva del flâneur cada vez que cojo la maleta y salgo por la puerta.
Esta etiqueta surge del francés y referencia algo parecido a un paseante o persona callejera. Su actitud, acuñada desde el término flânerie, trae consigo todo un abanico de comportamientos que abrazo desde las sábanas propuestas por estas palabras de Tolkien.
No todo el que deambula anda perdido.
Caminar sin rumbo, ausente de objetivo, y abierto a cualquier contingencia spawneada por el entorno desbloqueado.
Este distinguido personaje de la Francia del siglo diecinueve, aunque presente en épocas anteriores con connotaciones algo negativas, fue puesto en escenarios más amables por el poeta y ensayista Charles Baudelaire.
La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verlo como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida.
Si ya por aquel entonces se veía como un acto de rebeldía, ante las crecientes propuestas dirigidas a la productividad en múltiples ámbitos, imagínate ahora.
En uno de mis días en terreno nipón me vi inmerso en Nagamachi, conocido como el barrio samurái de Kanazawa. Entré en una de las casas abiertas al público, donde podías experimentar cómo vivían esos personajes por aquellas épocas.
Adquirí la costumbre de traducir algún que otro pergamino de los que me iba encontrando. Azarosamente, justo ese día, este fue el elegido.
La traducción de estos kanjis (simbología de la lengua japonesa) me deslumbró con lo siguiente.
La frase escrita se entiende como Buji Kore Kinin, un término del budismo zen.
Buji viene a representar un estado en el que no hay nada que buscar o necesitar.
Kinin refleja a una persona iluminada.
Kore significa ‘‘esto’’
Aterrizado, el mensaje quedaría tal que así:
La persona iluminada es aquella que no tiene nada que buscar.
Es curioso que uno de las pocos pergaminos que traduje representara a la perfección el propósito del flâneur. Perlas de la exploración, supongo.
Viajar es paradójico, contraintuitivo
Busca transformarte en el conejo de Alicia, tarde a todos lados. Convierte el transcurso en alivio, en un ya está, en un menos mal. Qué es lo siguiente. Moverse pensando en lo que toca después.
Siguen existiendo las flores para el que desea verlas. Hacer, en lugar de ver. Contemplar. Explorar. El espíritu del flâneur es perspectiva. Viajar o ser viajado. Ir por donde no toca. Que tu alma también ande, no solo tu cuerpo.
No comprendo la connotación negativa asociada a la palabra errante. De errar desde la exploración, el deambular. Viajar para contarlo, o para cuestionarte el ritmo de esta vida moderna. Preguntarse, una inmersión.
Como si el tiempo se espesara, esa es la sensación que encuentro. El acordeón del tiempo, nada lo ensancha más que el reloj bien empleado. Luego miras hacia atrás y parece que fue ayer. Es raro esto de vivir.
Qué hacer con el tiempo que se nos ha dado, verdad, Gandalf?
En estos párrafos quizá no te haya hablado de viajar. Queda a tu elección dicha valoración.
Seguiré trayendo otras líneas de pensamiento en próximas newsletters, que no es mi maleta la única que ha vuelto más cargada de lo que se fue.
Nos seguimos leyendo.
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